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William Quan Judge

Hijo de Frederick H. Judge y Alice Mary Quan, nació en Dublín, Irlanda, el 13 de abril de 1851. Su madre murió en el parto de su séptimo hijo. A los trece años, Judge emigró con su desconsolado padre y su familia a la ciudad de Nueva York, llegando allí en el buque de vapor “City of Limerick”, el 14 de julio de 1864. Sabemos muy poco de los primeros años de William antes de su partida a América. A los siete años sobrevivió a una enfermedad grave, que solía ser mortal, y eso le cambió completamente. En la biografía de Boris de Zirkoff leemos que los médicos le declararon muerto. Bajo su seudónimo de Jasper Niemand, Julia Keightley escribió: “Durante la convalecencia, el muchacho mostró unas aptitudes y conocimientos que nunca había manifestado antes, dejándoles a todos con la incógnita de saber cómo y cuándo lo había aprendido, todas aquellas nociones de arte y literatura... y a partir de su recuperación a los ocho años, profesó un gran interés por la religión, la magia, el Rosacrucismo, dedicándose con profunda intensidad a estudiar el Libro de las Revelaciones de la Biblia cristiana, con el fin de aclarar su significado. También devoraba el contenido de todos los libros que podía encontrar relacionados con el mesmerismo, la lectura del carácter, la frenología, etcétera, mientras que nadie sabía ni siquiera cuándo había aprendido a leer. La emigración a América... amplió su pensamiento y experiencia cuando llegó el momento de un trabajo y formación definitivos” (Theosophist irlandés 4.5 [15 de febrero de 1896]: 91). Julia Keightley también relata un incidente que prueba la fuerza de voluntad que tenía el muchacho, a pesar de su frágil salud, cuando algunos amigos se mofaron de Judge porque no podía cruzar nadando el río hasta una isla. Él decidió cruzarlo andando; a causa de su profundidad, periódicamente se remontaba para tomar aliento, y finalmente le sacaron medio inconsciente sus sorprendidos compañeros de juego.

Después de llegar a Nueva York, la joven familia, con el padre viudo, vivió un corto tiempo en el Hotel Old Merchant’s, trasladándose más tarde a Brooklyn, donde Judge terminó su educación. Se interesó por la profesión jurídica mientras trabajaba de oficinista en el estudio de abogados de George P. Andrews, que finalmente llegó a ser juez de la Corte Suprema del Estado de Nueva York. El padre de William murió poco después; y cuando llegó a su mayoría de edad, en abril de 1872, William se hizo ciudadano naturalizado de los Estados Unidos. Un mes más tarde, fue admitido entre los Abogados del Estado de Nueva York, especializándose en derecho mercantil y demostrando una sagacidad natural, una gran capacidad de trabajo y una constancia que resultaron muy útiles, más adelante, cuando se constituyó la Sociedad Teosófica.

En 1874, Judge se casó con una maestra de escuela de Brooklyn, Ella M. Smith, con quien tuvo una hija que murió de difteria cuando era pequeña. La familia de su esposa era muy religiosa y desaprobó su asociación posterior con la Teosofía. La pobreza le obligó a vivir con ellos hasta 1893, cuando la pareja se trasladó a Nueva York desde Brooklyn, para poder estar más cerca de la sede central de la Sociedad Teosófica. Su matrimonio no fue fácil, por la estricta educación metodista de su esposa y por la pérdida de su hija. A Judge le encantaban los niños, que se le acercaban siempre de forma espontánea. Tenemos varias versiones de la forma en que Judge entró en contacto con H. P. Blavatsky. Julia Keightley planteaba una pregunta: “Cada época ha contado con un triunvirato de agentes visibles de la Logia misteriosa; ¿dónde estaba el tercer punto del triángulo?” (ibid., 112). Consciente del fervor del siglo diecinueve hacia el Espiritismo, Judge leía los artículos de los periódicos sobre el tema. “Personas del Otro Mundo”, del Coronel. H. S. Olcott, le despertó el interés por H. P. Blavatsky. Otro relato cuenta que fue H.P.B quien le buscó, invitándole a Judge a ir a su piso. Annie Besant escribió que su contacto con H.P.B., en el verano de 1875, le amplió las perspectivas y Judge se convirtió en un invitado asiduo de su piso de Irving Place, donde se fundó, finalmente, la Sociedad Teosófica. Besant transcribe la propia descripción de Judge de esta primera reunión:“ en la Ciudad de Nueva York, me encontré por primera vez con H.P.B. en esta vida. A petición suya, enviada a través del Coronel H. S. Olcott, el encuentro tuvo lugar en sus aposentos de Irving Place. Fue su mirada lo que me atrajo, la mirada de alguien a quien debo haber conocido en vidas anteriores. Ella me miró, reconociéndome en aquella primera hora, y esa mirada nunca cambió… Fuimos maestro y discípulo, hermano mayor y menor, ambos con un solo objetivo pero ella con el poder y el conocimiento que sólo les pertenece a los leones y a los sabios” (Theosophist, junio de 1909, p. 351).

De este primer período después del encuentro de Judge con H.P.B., Julia Keightley (IT, IV. 113) escribió, “Hubo tormentas, sin duda, así como la más radiante luz del sol; porque el alumno era una mente poderosa y la maestra era la esfinge de su era.” Boris de Zirkoff consideraba estas tormentas como pruebas, y Keightley prosiguió, “Todo lo que el alumno pensaba de la maestra se lo decía, con absoluta franqueza; ni una sola duda o temor quedaban ocutos cuando surgían, como tienen que surgir cuando llega la hora de las enseñanzas ocultas y de las pruebas.” Según la descripción de Keightley sobre la fundación de la Sociedad Teosófica, el 7 de septiembre de 1875, H. P. Blavatsky pidió a Judge que dijera al Coronel Olcott que “fundara una Sociedad”, tal como su Maestro había pedido en julio. Judge asumió la presidencia, nominando a Olcott como presidente permanente. Después de la elección de Olcott como presidente, este nombró secretario a Judge. Aquel acontecimiento, sin embargo, no fue la fecha oficial de la fundación, aunque fuera el principio de la Sociedad. Olcott en “Old Diary Leaves” (1:117-8) nos habla de esta primera reunión celebrada en los aposentos de H.P.B, para escuchar al Sr. Felt hablando sobre “El Canon de la Proporción perdido de los egipcios.” Lamenta que no haya un registro oficial de los presentes, y relata, “En ese rato, se me ocurrió la idea de que estaría bien constituir una sociedad para seguir y promover esta investigación oculta, y... escribí en un trozo de papel lo siguiente: ‘¿No estaría bien constituir una Sociedad para este tipo de estudios?” y se lo di al Sr. Judge, que se encontraba entre yo y H.P.B., sentada enfrente, para que se lo pasara a ella. Ella lo leyó y asintió con la cabeza.”

Besant (The Theosophist, 351-2) describe a William Q. Judge como perteneciente a aquel primer grupo de Nueva York que estuvo a pie de cuna de la Sociedad y fue designado como su consejero, “un joven y por entonces desconocido abogado... que se convirtió en uno de los grandes trabajadores y líderes del movimiento.... Espiritual e intuitivo, estaba también extraordinariamente dotado para ser un buen organizador y un buen líder. Pero aquellas cualidades al principio estaban ocultas, ya que no había nada que organizar ni dirigir. Después de que Olcott y Blavatsky se fueran a la India, él ‘hacía una reunión sólo” semana tras semana, manteniendo la ciudadela solitaria para los días venideros.” Besant también nos cuenta su viaje a la India y su defensa de la Sociedad durante el tiempo de la conspiración de los Coulomb, escribiendo: “Su vuelta a América marcó el principio del arco ascendente de la Sociedad en ese país.”

Boris de Zirkoff se refiere a estos primeros años de la Sociedad como a una especie de “salón literario” en el que H.P.B. era el principal atractivo, de modo que al marcharse los fundadores de Nueva York a la India, en diciembre de 1878, quedó un gran vacío. Fue un período de prueba para Judge, como vemos en las cartas que escribió a Olcott y a Damodar entre 1879 y 1882. Besant describe “aquellos tiempos terribles de lucha y desolación interior, de penumbra interna y desilusión externa, que es el destino de todas las almas elegidas.” H.P.B. y Olcott dejaron que Judge sostuviera la Sociedad como pudo bajo la presidencia temporal del general Abner Doubleday. No fue tarea fácil, ya que el joven Judge, de veintitrés años, tenía una salud frágil, estaba casado y era pobre. Con tantas pruebas, se sintió solo y abandonado. Tal como escribió a Damodar, él deseaba tomar parte en la actividad de la India. En los planos externos, poco parecía conseguirse. Mientras que el número de miembros iba disminuyendo, Judge mantenía los archivos, apoyado fielmente por el general Doubleday, que sentía por el joven una gran amistad y respeto. En aquellos primeros años, Judge leía las actas y los textos acostumbrados del Gita con celo incansable, aunque no hubiera nadie más en la reunión. Sabemos por sus cartas que vivió varias aventuras en las minas de Sudamérica, intentando recaudar fondos para viajar con los fundadores a la India. Incluso su hermano John le criticó por descuidar su práctica jurídica en la ciudad. Sin embargo, mientras estaba en Sudamérica, tuvo un encuentro misterioso con un Adepto que más tarde relató en su historia oculta titulada “Una Historia Extraña.”

Según aquella historia, Judge se encontró, en el vestíbulo de una iglesia de la ciudad de Caracas, Venezuela, con un anciano que le hizo acercarse para hablar con él. Le llevó a una vieja casa donde vio unos criados hindúes, como los que había visto en la cercana Trinidad. El anciano hablaba de pasadizos subterráneos que iban desde Perú a Caracas, y que le habían enviado para protegerlos de venezolanos rapaces que buscaban el oro que creían poder encontrar allí. Durante un rato bastante largo, el anciano guía se ausentó al sonar una campana distante, pero cuando Judge se levantó para marcharse, un criado hindú le detuvo y una voz le ordenó que no se moviera. Él se quedó mirando fijamente una bandeja plateada que reflejaba los rayos del sol poniente. No podía descifrar ciertas imágenes de la bandeja, pero en la pared de enfrente vio “que la bandeja se reflejaba sobre una superficie claramente dispuesta para aquel objetivo y allí se reproducía la superficie entera de la bandeja. Era un diagrama con brújula, signos y señales curiosas.” Al acercarse más para examinarla, el sol desapareció detrás de las casas y las imágenes se perdieron, aunque las letras podían haber sido alguna escritura de la India del Sur. “Sonó otra campana débilmente y el anciano regresó. Se disculpó, diciendo que se había ido muy lejos, pero que volverían a encontrarse.” Judge preguntó dónde, y el anciano dijo, “En Londres.” Al día siguiente encontró la misma casa, pero ningún hindú, ningún incienso indio, tan sólo una casa española corriente, con criados españoles y un ambiente español. Cuando volvieron a encontrarse en 1884, el anciano le recordó la casa de Caracas y le preguntó, “¿consiguió usted descifrar el reflejo de la bandeja plateada en la pared?” Judge no contestó inmediatamente, pero perplejo, preguntó, “Vi sus ojos en Caracas, pero no ‘su cuerpo’.” El anciano entonces se echó a reír y explicó el uso que hacía de un cuerpo prestado, difícil de controlar, pero un vehículo necesario; quizás una penitencia. Le acompañaron a la casa de su anfitrión en Londres y Judge oyó, a través de un conducto astral, ciertos pasajes del Bhagavad Gita. Después apareció una ráfaga de elementales que se parecían a las formas que vemos en los templos egipcios.

Posiblemente, el mensaje más importante que le dio el anciano a W.Q.J. fue el del cuerpo prestado, ya que el mismo Judge tuvo que enfrentarse a una carga similar.

Respecto al uso del cuerpo que había tomado prestado, el anciano dijo: “¿No sabe usted que muchos experimentos son posibles de esta manera y que a algunos estudiantes se les enseña de forma peculiar? Yo me he marchado de este tabernáculo terreno muchas veces para dejar entrar a quienes, aunque hacían funcionar la máquina bastante bien y la usaban de manera respetable, no sabían lo que hacían.” Aunque no podemos aquí profundizar más en esta “Historia Extraña,”.